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13 abril

Natura deficit. Fortuna mutatur…

 

Dicen los científicos que la vida sobre la tierra ha sido posible y sigue siéndolo, entre otras cosas, gracias a las llamadas “estructuras disipativas” (Prigogine) que capturan el caos para transformarlo en orden complejo y extraen energía aleatoria para reciclar desperdicios y convertirlos en orden estructurado. Materia inorgánica, biomoléculas, vida, consciencia…

¿No opera la psique humana con esos mismos principios?

Tarde o temprano, todos nos enfrentamos a sucesos deletéreos. El título de esta entrada hace referencia a la inscripción hallada en el interior del anillo del emperador, en la obra “Memorias de Adriano” de M. Yourcenar: la naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia…

La integridad de la personalidad, bien pudiera depender de la capacidad para afrontar ese tipo de sucesos y transformarlos en algo positivos. Enfermedad, ruina económica, divorcio, incluso la misma muerte, generan desorden en la mente, dispersan tanto la atención que la consciencia llega a comportarse de modo aleatorio. Algunos incluso “pierden la cabeza” dado que los síntomas de su trastorno mental acaban por asumir el mando.

Me parece que la mayoría o, en todo caso, muchas personas nos conducimos por necesidades genéticas y condicionantes sociales, pero…¿y cuando las cosas se tuercen? ¿Qué diferencia a los que nunca se aburren, rara vez sienten ansiedad y están en paz la mayor parte de su tiempo, de aquellos otros que habitualmente están abrumados o aburridos?

Posiblemente desarrollar estructuras ordenadas en la consciencia humana, para construir personalidades complejas que interpreten las potenciales amenazas como fuente de crecimiento, debiera pasar por educar (en el sentido de los clásicos, -educare/educere-) en edades no precoces pero sí tempranas,  la autoconfianza, el autoconocimiento, la atención serena y vinculada a descubrir u optar por un propósito profundo y unificador.

Yo creo que quienes logran reconocer su vocación, quienes visualizan “el puzzle completo” de los talentos y proyectos que están dispuestos a aportar desde el corazón y descubren, así mismo, el soporte o misión con el que materializar esa visión, son los verdaderos santos y sabios de hoy, esa especie de aristocracia secreta de la humanidad, que desde cualquier posición, por humilde que sea en el esquema del mundo, acaban estructurando su conciencia y vehiculando armónicamente su energía (psíquica) en el creciente flujo de la complejidad de la vida y el universo.

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