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20 noviembre

Moléculas de la emoción, un alegato contra desencantados

 

“Que nadie trate de saber cuando llegará el último día; velemos todos los días viviendo bien y que el último día nos pille despiertos”. Agustín de Hipona.

 

Aquel mes de enero contaba 43 años cuando presentó una gripe A que lo mantuvo en la frontera de la muerte. Cuatro meses de hospitalización, casi la mitad de ese tiempo en la unidad de cuidados intensivos en situación de fallo multiorgánico, con ventilación mecánica, traqueostomía, diálisis, múltiples accesos vasculares, tubos pleurales y sondajes corporales, amén de los sistema de monitorización invasiva. Una estampa que parecía cualquier cosa menos poesía.

A su salida del hospital, se sintió incapacitado para reconducir los pilares de su vida, incluida la esfera cognitiva cargada de dificultades para la  lectura, la escritura o para fijar la atención. Tal incapacidad fue llevando su mente y su cuerpo a elevados escalones de angustia y tristeza junto a una sutil experiencia de estrés. Ya no encontraba consuelo en la música ni podía sacudirse un abrumador malestar. La enfermedad había ensombrecido su tonalidad afectiva. No cejaba de definir la realidad con sus maltrechos sentidos ni lograba enderezar el rumbo: las seducciones de un cuerpo fatigado y perezoso, un entorno hostil y amenazante que percibía lleno de miedo, el tormento de una memoria que no purgaba sus rencores y una insidiosa desconfianza que asomaba frente sus vínculos cercanos…

Confundió el amor propio con el amor a los intereses propios, esto es, abandonó el compromiso con el florecimiento de sus potencias, con su propio renacimiento, para adoptar un patético y pertinaz reclamo de atención. No consiguió vaciar su mente de los demonios que portaba a horcajadas, ni encontró rutinas para tejer nuevo sentido en su cotidiano vivir. Un año después de su salida del hospital fue hallado muerto en su domicilio.

Si bien desde hace milenios la medicina pre-moderna conocía el vínculo entre enfermedad y emoción, en el siglo XVII Descartes sembró la semilla del racionalismo. Los principios que sentaron las bases de la ciencia moderna, disolvieron aquella ancestral unión entre el cuerpo y las emociones, unas fuerzas misteriosas que hoy están de regreso para dar soporte a las bases biológicas de la llamada neurociencia. Durante casi tres siglos la idea que relacionaba las emociones y la salud física fue considerada tabú científico. Paradójicamente, luchando contra un tipo de dogma se creó inadvertidamente otro, que por fin ha comenzado a sucumbir.

En la década de 1950 el fisiólogo austríaco-canadiense Hans Selye, pionero en el uso del concepto de estrés tal y como hoy lo conocemos, llamó la atención de la comunidad científica sobre la influencia que este ejerce en la salud física. Sin embargo, ningún científico ha iluminado esos hilos invisibles que tejen la unidad mente-cuerpo como Esther Sternberg. En los años ochenta sus trabajos pioneros acerca de la intrincada relación entre los sistemas nervioso e inmunológico y sobre las moléculas inmunológicas que desencadenan actividad cerebral afectando las emociones, revolucionaron la comprensión de la naturaleza integrada del ser humano. Sternberg examinó las interacciones entre emociones y salud física a través de la experiencia del estrés.

La identificación de diversos mediadores químicos ha esclareciendo la comprensión de las bases biológicas de las emociones. No es que la psique, en sí misma, sea fuente de males: hoy se sabe que aunque los sentimientos no son causa directa de curación o enfermedad, sí lo son sus mecanismos moleculares subyacentes. Se han identificado vías moleculares vinculadas a determinadas respuestas emocionales que, a su vez, se relacionan estrechamente con enfermedades graves.

Las preguntas deben ser reformuladas y centradas sobre aquellos componentes de la respuesta inmune que, además de encender emociones, modifican la homeostasis (el equilibrio biológico) tanto en el sentido protector de la salud como en el inductor de enfermedad. En lugar de preguntar si los hábitos de pensamientos depresivos o agresivos causan enfermedad, más bien se trata de reconocer los mecanismos moleculares que, disparados por esos hábitos de la mente, infunden daño en las células del cuerpo.

Otra investigadora americana coetánea, Candance Pert, identificó receptores opiáceos en las células del sistema inmune y posteriormente, decenas de moléculas mediadoras que ejercen de mensajeros entre los tres sistemas: nervioso, inmunológico y endocrino, permitiendo comprender la red integrada de información que forman. Se hizo evidente que todas las partes del cuerpo y la mente “conocen” lo que ocurre en el resto del cuerpo y la mente.

El sistema nervioso no está, como se había creido, jerárquicamente estructurado. Los linfocitos o células del sistema inmunitario, como trozos de cerebro, circulan y flotan a través de la sangre a lo largo y ancho de todo el organismo. Portan receptores para moléculas asociadas a los estado emocionales más activos. Cada vez que presentamos una interpretación del mundo, un sentimiento, hay una estructura cerebral llamada hipotálamo que libera las correspondientes moléculas al torrente sanguíneo. Si cada célula posee centenares de miles de receptores en su membrana -sensibles a molécula mensajeras-, se advierte que cada emoción anida en la totalidad del cuerpo.

¿Podrían estos conocimientos ser utilizados para trascender aquellos demonios interiores y vaciar el cúmulo de despojos emocionales, desaprendiendo modos tóxicos de interpretar y sentir el mundo para facilitar pensamientos más elevados en los que inspirarnos?

La respuesta es afirmativa. La neuroplasticidad implica que durante toda la vida y no únicamente en los años infanto-juveniles, hay capacidad para desconectar y reconectar redes neuronales, redes de pensamiento nuevas que hagan sentir, como Prometeo, la disposición a robar el fuego a los dioses.

Si las células desarrollan receptores para las moléculas que con mayor frecuencia las impactan, es posible superar adicciones emocionales generando receptores celulares para aquellas otras moléculas portavoces de esos elevados estados a los que aspiramos. Pero esta es otra historia que será motivo de próximas entradas.

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