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2 febrero

El tintero de los sueños

Creo que el hombre debe superar las ilusiones que lo esclavizan y lo paralizan, que debe tomar conciencia de su realidad exterior e interior para crear un mundo que no tenga necesidad de ilusiones. Solo es posible alcanzar la libertad y la independencia cuando se han roto las cadenas de la ilusión.

Erich Fromm. Max y Freud.

 

Cuando se trata de afrontar el pasado, a veces hay que plantar la mirada en un paisaje interior poco halagüeño, lo que supone una tarea tan difícil como árida, esa de confesarse a uno mismo los sueños frustrados e ideales rotos.

Los niños no parecen tener ningún pudor para expresar los sueños a los que aspiran. En la lucha por defender los suyos, el joven se da de bruces con una realidad que en cada esquina le pone zancadillas. Y el adulto descubre el contraste entre sus sueños y la realidad que percibe, de manera que en la casa que ha fundado, en el oficio que ha aprendido o en las ciudades que ha transitado, la mirada atenta le hace destapar grietas escondidas, goteras inesperadas o peligrosas filtraciones. Comienza a sentir que muchos de sus viejos sueños han quedado en el tintero. En su memoria habitan ahora los caminos sin explorar.

Hay que tener valentía para reconocer las franjas de esa memoria herida y desvelar los caminos truncados, para que no humeen como ascuas, en la soledad, en el silencio o entre las frustraciones, porque siempre hay la posibilidad de que aparezcan nuevas y distintas oportunidades que, aunque no reflejen aquellas que quedaron atrás, hay que aceptar como un generoso regalo que de nuevo ofrece la vida.

Sé que no es fácil vivir con la consciencia clara de esa memoria herida, pero las vías alternativas son menos lenitivas, como ocurre con la tentación de quedar transformado en un cínico que se mofa de los sueños de otros. Y he conocido adultos bien formados que, encajando mal las heridas de la vida, todo lo leen desde las experiencias frustradas para proyectar sus mefíticas lecturas sobre los demás. El otro error es quedar enganchado en el estadio estético, -de la teoría de los estadios que Javier Gomá desarrolla en el estudio del camino (experiencia) de la vida en su Aquiles en el gineceo-, para acabar viviendo un mundo ficticio y de ilusiones.

Hay quienes cargan sobre los hijos el deber de cumplir sus expectativas frustradas, para que traten así de hacer realidad sus sueños malogrados. Pero todo hijo tiene derecho a poseer sus propios ideales, a luchar por sus propios sueños, a equivocarse y a sentarse frente a la realidad para dialogar con ella y negociar confiadamente su singular vocación.

Tomar consciencia de lo que ha quedado en el tintero de las aspiraciones más profundas, es un paso inexcusable para integrar su aceptación de manera balsámica y aceptar desvelarlo, con coraje y sin estupor, a aquellos en quienes se confía. Los ideales malogrados también forman parte de la propia identidad y son reflejo de lo que somos. No pueden ni deben servir de óbice para dejar de velar por nuevos sueños, para declinar nuevos horizontes o para no evocar los pensamientos del corazón, en la hermosa expresión de Edith Stein. La argamasa de la realidad se forja en cada presente con el mortero de las infinitas posibilidades.

El realismo que expresan las palabras del psicólogo y filósofo alemán, -que introducen este post-, no obstan para que los ideales sean perseguidos y desaten la poderosa fuerza motriz que late en el corazón humano y que puede arrojarlo a los confines del paraíso soñado. Ellos alimentan las fuentes del entusiasmo, para trascender el nocivo hábito que establece la dialéctica entre la rutina del trabajo y la distracción huera.

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