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23 mayo

El hombre oculto tras la cortina

Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, seguirá dirigiendo la vida y se le llamará destino.

Carl Jung.

 

Las grandes equivocaciones de los hombres, no suelen ser producto del error aislado, son mayormente tendencias surgidas de pensamientos y afectos ya-pensados que un día arraigaron en la memoria remota para seguir operativos en el presente, sin re-pensar, porque el sistema inmunológico mental incautamente así los tolera.

Vivimos estructurados y habitados por pensamientos que fueron pensados por otros en nuestra olvidada infancia y que jamás re-pensamos en la experiencia actual. Son pensamientos ya-pensados que viven implícitos en nuestras emociones, en la determinación de nuestros actos y en la manera en que conformamos los vínculos que establecemos.

Y nos equivocamos porque pensamos con esas estructuras anacrónicas tratando de adaptarnos al entorno presente y porque lo ya-pensado está envuelto en alguna emoción que lo sustentó y que ahora apaga todo deseo de revisión, condicionando que se perpetúen en actitudes, hábitos y valores que determinarán nuestro destino y el destino del mundo que vivimos.

Esos pensamientos que pueblan nuestro ánimo y pilotan nuestras vidas desde los meandros del subconsciente, cuando funcionan bien, hacen posible que la complejidad de la experiencia proceda mecánicamente sin mayores tropiezos. La cuestión se vuelve crítica cuando, como suele ser sello de la casa, dejan de ser útiles. Y con esos inóculos de lo ya-pensado no caben más que dos actitudes: volver a re-pensarlos, o utilizar lo ya pensado como certidumbre que exime de nuevas elaboraciones.

Para que una vida funcione, todas las dimensiones del esquema antropológico de su ser (corporal, mental, espiritual, social y ecológica) han de estar integradas y sintonizadas en la misma unidad de frecuencia, y no funcionando en direcciones dispersas o con lenguajes diversos, so riesgo de acabar descuartizados como aquellos condenados del medievo a quienes se les ataban las extremidades a cuatro caballos que se echaban a galopar hacia los puntos cardinales.

La quintaesencia de la condición humana es una propiedad que emerge de la dimensión espiritual y traduce y comunica fluidez entre las demás dimensiones, entre el lenguaje gestual del cuerpo y el  articulado del intelecto o el simbólico de las emociones. Se trata de uno de los más sutiles secretos de la excelencia. Sin embargo, en lugar de mantenernos fiel a la misión de despertar esa quintaesencia, la mayoría nos anclamos en reiteradas rutinas y automatismos previsibles, redundantes, agotados y agotadores.

La posibilidad de que una parte de ese pensamiento ya-pensado sea expuesto a la consciencia, que lo permeará con su luz para re-pensarlo, es un recurso inagotable a la hora de habilitar esa quintaesencia que conduce a vías de curación, progreso y crecimiento, en lugar de repetir las mismas equivocaciones.

Pero airear el salón de la casa, no consiste sólo en abrir las ventanas de par en par, a veces se requiere levantar las alfombras. Cuando las cosas salen mal, involuntaria pero sistemáticamente, se necesita mucho valor para revisar posibles tabúes de la estructura interior, de la familia y hasta del árbol genealógico. No es raro descubrir en los sótanos de esas instancias, secretos que perviven escondidos a través de generaciones: enfermedades, suicidios, abusos, divorcios, abandonos, vicios…

Catástrofes emocionales legadas por otras generaciones e inoculadas en la memoria inconsciente como pensamientos erróneos, mal-pensados, con capacidad de deformar y adulterar los más elevados sentimientos, las mejores intenciones y las necesidades reales, de sembrar delirios, prejuicios demoledores y normas morales absurdas o irracionales. En el seguimiento del rastro familiar, a veces se desvelan vetustas historias de prejuicios, odios, exaltaciones de primogenitura, desvalorización de la mujer, culpabilidades, desprecio radical de toda sensualidad… como causantes de unos estragos que se han cronificado en el cuerpo y alma de la descendencia.

Cuando se toma consciencia de pensamientos, sentimientos o conductas redundantes y agotadas, es momento de buscar aquello en lo que volveremos a equivocarnos, de localizar dónde saltará la liebre la próxima vez. No somos víctimas vitalicias de lo ya pensado y mineralizado en la memoria. Hay que prestar atención, toda la atención, porque esa medusa venenosa toma las riendas cada vez que se le pierde la mirada.

Los seres humanos poseemos enorme capacidad para aferrarnos a las falsas creencias, incluso con fanatismo y tenacidad. Si la ciencia revisa sus míticos paradigmas y reescribe una nueva visión para cada momento de la civilización humana, también el común de los mortales puede revisar sus miedos, sus conflictos y sus creencias, y dar pasos de gigante hacia una mayor comprensión de sí mismo y del tiempo que le toca habitar, reconduciendo su existencia por una senda de salud y plenitud y no sólo de desarrollo material.

La idea de que los fármacos pueden curarlo todo es, en esencia, otra creencia errónea. Ni siquiera las hormonas o los neurotransmisores que sintetizan los genes constituyen el marcapasos de la vida; son las convicciones que alberga nuestra memoria profunda las que ejercen ese privilegio.

Me declaro impermeable al carisma de los pensamientos positivos como portadores, por sí solos, de la capacidad transformadora de la realidad. Se necesita algo más… Si los viejos errores programados en el corazón socavan los mejores esfuerzos e intenciones, habrá que hipnotizar al hipnotizador, -a ese hombre oculto detrás de la cortina de la consciencia, que sabotea la condición humana con el arsenal de su propia podredumbre- aprendiendo a re-escribir un modelo ideológico propio, atractivo y eminente, que desde la consciencia, la libertad y la propia experiencia, ofrezca esperanzas a nuestra dignidad como hombres y mujeres de este tiempo.

Me sumo desde aquí a quienes reivindican hoy un arte y una cultura contemporánea que, superando la actual tendencia general a recrearse en lo miserable, proponga modelos eminentes y quintaesenciados de lo humano como misión civilizatoria.

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