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17 julio

Donde habitan los anhelos

 

“Todos pertenecen a todo y todo pertenece a todos. Todos son esclavos e iguales en su esclavitud […] A Cicerón le cortaremos la lengua, a Copérnico le sacaremos los ojos y a Shakespeare le apedrearemos…”

DOSTOIEVSKI, Los poseídos.

 

En el anterior post planteamos la posibilidad de reflexionar sobre los conflictos del corazón humano que estructuran los contenidos ocultos del subconsciente, y que sibilinamente sabotean la vitalidad de quienes los soportan largo tiempo sin resolver. Una de esas categorías posee la abyecta condición de convertirnos en seres pequeños y mezquinos. Se trata de la falta de confianza, un vicio tan secretamente extendido que alcanza gran parte de la mentalidad colectiva.

Hoy se vincula la vulgaridad a la mentalidad igualitaria y, de hecho, se admite como categoría de nuestra cultura. En dignidad los seres humanos somos esencialmente iguales, pero en vocación, inclinaciones y anhelos somos esencialmente diversos. De ahí que resulte algo diabólico la búsqueda de la igualdad a toda costa, hecho que con gran realismo, belleza y profundidad representa Dostoievski en uno de sus “poseídos”.

Se habla de reformar instituciones, sistema educativo, endurecer leyes contra la corrupción política… Tal vez hayamos olvidado la más importante de las reformas, aquella que corresponde a cada mujer y hombre para afrontar la propia zozobra y deriva: la reforma de su corazón y de sus inclinaciones interiores, la búsqueda de una cierta sensibilidad por la excelencia como expresión de esas inclinaciones. Desde algunos sectores de la cultura se reclama un cierto estatus para la vulgaridad como acicate en la edificación de su reforma. La cultura de la liberación rindió sus frutos y ahora su fecundidad se muestra agotada. Necesitamos rescatar ideales y recuperar lo sublime con su verdadero significado[1].

Cuando el profesor Luis M Huete, a quien considero uno de los grandes humanistas del management, me retó a revisar aquellos estímulos que pueden conducirnos a la grandeza frente a los que nos convierten en mezquinos, desafío que me lanzó a propósito de la publicación de mi post “Hijos gozosos pero atentos de nuestro tiempo”, en realidad estaba refrescándome una de las fórmulas más viejas y elevadas de esperanza humana[2].

Ya en Ética a Nicómaco se menciona por primera vez la megalopsychia como el ánimo con que un hombre afronta las cosas cuando tiene una visión exaltada de sí mismo. Era considerada “el ornamento de las demás virtudes”. Más tarde apareció la magnanimidad como el apetito insaciable por hacer cosas grandes, como una búsqueda sagrada de la conquista del mundo y la excelencia personal

En el magnánimo brota la vitalidad, la alegría y la fluidez durante su entrega atenta a la acción, una acción como extensión de su ser, no tarea con la que sólo lograr objetivos, sino como medio para florecer al lado de quienes lo acompañan. Acción que se hace posible desde una confianza radical que lo compromete a pesar de la ardua tarea.

La magnanimidad se distingue de la vanidad, que busca objetivos diferentes de la ejemplaridad; de la megalomanía y de la astucia o la manipulación. Ni siquiera cabe confundirla con la autoestima que siendo un sentimiento positivo, es subjetivo y por ello inestable. Stalin o Hitler fueron personajes vanidosos y megalómanos, astutos y manipuladores, pero jamás fueron magnánimos.

En el bello ensayo Aquiles en el gineceo, una original interpretación del mito de Aquiles, Javier Gomá propone como modelo al mejor de los aqueos, quien en el desarrollo de su compleja personalidad, destaca por la magnanimidad al comprometer su vida por la polis a cambio de perder su inmortalidad:

“Aquiles no saldría nunca de su gineceo para ser un guerrero más entre otros, un caudillo cualquiera rápidamente olvidado en la memoria de los hombres: eso sería echarse a perder, derrochar su destino, peor que morir. Sólo el ideal de una perfección humana y la glorificación de su ejemplo en la conciencia de los hombres le enardecen”

Decía un sabio de la antigüedad que los mayores piensan más en asegurar sus necesidades vitales que en explorar nuevos horizontes, sin embargo, no es raro ver personas mayores que en realidad destilan juventud persiguiendo este ideal capaz de ocupar la vida entera.

El latir de la grandeza toma su fuerza en la humildad, que evita el error de ignorar los propios desórdenes, en el establecimiento de amistades que presentan cualidades inspiradoras o sencillamente en el hecho de contemporizar con la belleza del mundo.

La lectura durante la juventud de las llamadas novelas de formación, -cuyos personajes andan y desandan tribulaciones de orden espiritual, moral, psicológico y social del camino de la vida, con sus correspondientes ritos de pasaje desde la niñez a la madurez -, predispone al descubrimiento temprano de la vocación, entendida como una voz que procede de lo hondo del corazón y que se dirige a todo ser humano pero que no todos pueden escuchar si se encuentran lastrados por la desconfianza radical. Es una llamada a pensar y a vivir de una manera concreta, una llamada a ser expresando la propia singularidad, pero que en ausencia de esa íntima confianza, que deja posar los ojos de la consciencia allí donde habitan los anhelos, toda señal de esta llamada se vuelve imperceptible.

La ignorancia o desconocimiento de sí, de las propias debilidades y fortalezas, es camino recto a la desconfianza radical y la falta de amor propio. Ambas anidan en la memoria celular y ejercen como categorías inconscientes para renunciar a ideales y beber sólo del jugo venenoso del ego, cuya lógica de cálculos, defensas y ataques, echa a perder todo rastro de vitalidad para vivir una vida de vulgaridad al socaire de la adicción, la tribulación y de nuevo la enfermedad.

La confianza se funda en la capacidad del espíritu para vivir conscientemente y comprometido con la propia verdad, el honor y la dignidad, más allá de la circunstancia que a cada uno toque en suerte.

Así las cosas, está por ver si las generaciones próximas sabrán fundar la nueva polis sobre los cimientos de esta grandeza generalizada, que también, y no sólo las sombras, estructuran nuestra humanidad.

 

 

[1] Ideas esbozadas por el escritor Javier Gomá en sus microensayos en prensa.

[2] Distinta de la esperanza teologal.

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