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9 enero

Vivir la vida

Mi soledad, a veces creo que la hace lo que no existe, no lo que me falta. Tal vez mi soledad no existe, y yo la vivo de más. Voces. Antonio Porchia

 

Cuando uno trata de comunicar, con unos renglones, lo que piensa descubre las inconsistencias de sus argumentos, lo que viene a ser un regalo con el que alcanza mayor comprensión de eso que  piensa, y de eso que siente mientras está embargado por lo que  piensa. Como el artista, que no sólo construye su obra, sino que se realiza en ella, de modo que cuando la acaba ya no es el mismo que otrora sintió la necesidad de comenzarla. Las reflexiones de estos microensayos contribuyen con su propia sustancia a conmover mis experiencias cotidianas entretejidas con el oficio de médico, al que dedico gran parte de mis afanes. En este tiempo de escritura se ha depositado en mi ánimo, como sedimento que decanta, un argumento según el cual los vínculos que establecemos con los demás determinan el interés por vivir. Inter-essere, ser entre otros: ineludible realidad que, entre vicios y virtudes, ocupa un lugar de preeminencia en la narración de cada vida humana. Desde luego uno no escribe con la única intención de aclarar su pensamiento en la soledad de un estudio, necesita ser con los otros –los lectores- porque ellos llenan de sentido esa necesidad.

Hemos heredado de nuestros remotos orígenes la capacidad de contemplarnos a nosotros mismos para restañar nuestras heridas, pero también hemos heredado mecanismos que nos conmueven ante el dolor de quienes habitan nuestro entorno. Frente al sufrimiento ajeno predomina la empatía que nos acerca, contra la antipatía que impulsa a evadirse del lastimoso mundo. La medicina nace como producto de esa empatía. Y contemplar desde esta perspectiva las carencias y pesadumbres en torno a las relaciones, banales o turbulentas, que en ocasiones colocan en los umbrales de la enfermedad, no sólo ilumina desde dentro eso que a veces ocurre al cuerpo, sino que desvela un interior que se va conformando con las resonancias del espíritu que flota en el ambiente. Lo que adquiere toda su importancia en el actual escenario de entre-épocas, en el cual el concepto de sujeto moderno, como individuo, ha entrado en crisis y se ha tornado relativo. Se comienza a especular, tanto desde ciertas perspectivas científicas como filosóficas, con la hipótesis que sustenta que los seres humanos forman parte de una red orgánica mayor, con consciencia propia, que los hace inseparables de la noción de espíritu. Y en esa red nuestro humano convivir se tiñe de los tonos propios de las necesidades afectivas inherentes a la vida. Bien mirado, este convivir se edifica en el ininterrumpido fragor de nuestros encuentros, a veces inconscientes, que satisfacen en parte la necesidad de afecto. Y es que sólo se puede ser siendo con los otros.

Discernir en el tabernáculo de la conciencia los encuentros mal transitados, fallidos, inconclusos, anodinos o turbulentos, surge de la constante necesidad de reconocer aquellos otros afectos que otorgan a la vida su sentido y su ánimo. Esos encuentros infaustos se presentan con frecuencia conforme la lozanía fragante va transitando a su condición de madurez, un tiempo en el que aquella vitalidad que no pudo canalizar sus metas hacia nuevos horizontes comienza su declinar. Y si la necesidad afectiva, que en cambio persiste sin mengua, no encuentra su camino queda abocada al desánimo y a la pérdida de moral. Un ser desanimado es un ser desmoralizado y en riesgo de enfermar. Lo opuesto de la moral no es la inmoralidad sino la desmoralización. La necesidad de afecto insatisfecha es fuente inagotable de tristeza y deterioro psicosomático. En todas las edades se necesita de aquellos a los que se ama pero, en un acopio de valor, hay que reconocer que ellos se necesitan a sí mismos y a otros seres que aman, y que esos otros seres también los necesitan. Necesitan entregarse a sus pensamientos, a sus sentimientos, a sus proyectos y logros que no tienen por qué coincidir con los nuestros. Y ellos -como todos- sólo pueden aprender de sus errores.

Tal vez se pueda ampliar este horizonte convenciendo al corazón para que derrame sus afectos más allá de unas pocas convivencias. Es algo que escudriño a medida que ensamblo estos párrafos -como si la escritura desvelara horizontes de fulgores insospechados-. Su condición de posibilidad se abre al apelar al recuerdo de los años juveniles. Porque en el conticinio de la vida, cuando tantas veces se pierde o se debilita el roce con los seres cercanos, no debe de ser tarea mollar perseguir horizontes nuevos de un modo que anime esa vida. A la caída de la noche el mundo se puebla de miedos…

Ensanchando con sensatez el presente, con la mirada serena, de reojo sobre lo que se ha dejado atrás o lo que pueda suceder es posible retornar de ese periplo imaginario, donde el tiempo yermo se escapa como el agua entre las manos, hacia ese otro punto de partida, hacia el centro mismo de la experiencia cotidiana, a ese lugar de tránsito mundano, remolino de peregrinajes, meca de aventureros, comerciantes de especias, bandidos, enfermos, buscadores de fortunas, meretrices, profetas de ocasión… Retornar a ese cruce de caminos en el que se sintoniza con el presente atemporal cuyo sentido, fuera del tiempo, se hace inmenso. Entonces se comprende, como un inesperado regalo, eso que al poeta argentino -con quien introducimos este texto- susurraba su corazón en cada latido, que ni el tiempo remoto ni el lejano mañana cuentan ya, que todo aquello de lo que uno ya no puede ocuparse no es asunto suyo, que es solamente aquí y ahora donde, como un flujo continuo, la vida se vive.

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