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3 febrero

El miedo mata

Después de tantos años, no olvido la cara de miedo y horror de mi madre en los momentos previos a sus repetidos exámenes prácticos para la obtención del carnet de conducir. Una especie de pánico la paralizaba. Hoy sé que suspendía aquellos exámenes antes de subirse en el coche que debía examinarla.

En estado de excesiva ansiedad, no podemos acceder a la información que con esfuerzo y tiempo memorizamos en el cerebro. Sin embargo, la mayor parte del estrés que experimenta el hombre moderno, no tiene un carácter agudo sino que son multitud de problemas difusos y apenas resueltos en la vida personal o profesional los que, de una manera latente pero persistente, activan el mecanismo de protección natural que con el exótico nombre de eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, se encarga de conseguir que todos los tejidos y células del organismo queden impregnados de las hormonas de estrés y preparados, como si de afrontar graves peligros se tratara. Cuando estas hormonas son liberadas al torrente circulatorio, reconducen parte de la sangre desde los territorios viscerales hacia las extremidades como mecanismo de preparación para la respuesta de lucha o huida, y ralentizan en cambio otras funciones orgánicas de mantenimiento, -como la digestión o la capacidad de pensar consciente-, lo que lleva a una importante merma en los depósitos de reservas energéticas vitales.

Entre las células inhibidas por las hormonas de estrés se encuentran, así mismo, los linfocitos, brazo armado de otro sistema protector: el inmunológico. Esa inhibición resulta tan eficaz que, de hecho, cuando recibimos en la unidad de Cuidados Intensivos del hospital a los pacientes desde el quirófano, en sus primeras horas tras un trasplante de hígado, riñón o corazón, una de las primeras estrategias terapéuticas que abordamos –lo que hacemos de protocolo-, es la administración de derivados de algunas de esas hormonas de estrés con la intención de impedir que las propias células inmunitarias del receptor rechacen al nuevo y extraño tejido implantado.

Pero aunque hoy sabemos que casi la totalidad de las enfermedades importantes de nuestra población están relacionadas con el estrés crónico [1] no quiero acabar estas líneas sin expresar mi propio aprendizaje personal a modo de declaración de principios, que por la condición de mi larga trayectoria de especialista en un área de la medicina con tantos momentos de alta tensión, como los Cuidados Intensivos, hoy lo vivo como una verdadera bendición.

Y es que para experimentar a fondo la vitalidad, se necesita algo más que eliminar el estrés de nuestras vidas, lo cual, como punto de partida necesario pero no suficiente, sólo nos coloca en situación neutral. La verdadera prosperidad requiere además, aprender de una manera consciente y activa la alegría serena, la compasión y llenar la vida de aquellos estímulos que hagan mantener vivas las fuentes del entusiasmo [2] y que desencadenan nuestros procesos de crecimiento. Pero esto es otra larga y bella historia que será motivo de reflexión pautada en mis futuras entradas.

 

[1] Kopp MS et Réthelyi J. Chronic stress and premature mortality –the Central-Eastern European health paradox. Brain Research Bulletin 62, 2004, pp. 351367.

[2] Expresión repetida por el filósofo Javier Gomá.

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