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18 marzo

Los hijos perdidos de Rembrandt

Durante el verano de 2010 tuve la fortuna de conocer la ciudad rusa de San Petersburgo. No sólo sus edificios y palacios, o los paseos en barco en sus tardes blancas, también la visita al museo Hermitage en el corazón de la ciudad, entre el malecón del rio Nevá y la Plaza del Palacio, sellaron en mi memoria la imagen de una ciudad cuya belleza contrasta con su historia. Entre largos pasillos y grandes salas decoradas con vasos de malaquita y lapislázuli se encuentran exuberantes colecciones de pintura italiana, española y holandesa. La última sala está ocupada con lienzos de Rembrandt, y a su salida, la joya de esa colección: El regreso del hijo pródigo; escena de una parábola evangélica con la que el artista expresó, bajo la fórmula secreta de lo atemporal, un canto a la bondad humana. En presencia de este cuadro quedó cancelada toda mi dispersión. De tamaño mayor que el natural y entre una exquisita armonía cromática de rojos, marrones y amarillos, un padre abraza a su hijo recién llegado, en una escena envuelta de luz y rodeada por cuatro misteriosos observadores.

Mientras la masa de apresurados turistas circulaba con sus guías, permanecí largo rato frente a este expresivo óleo sobre lienzo que recibía la luz natural a través de una gran ventana lateral. La luz del sol iluminaba las figuras borrosas de los rincones más oscuros. Era como mirar por una misteriosa ventana que asoma al otro lado de la existencia para contemplar, desde ahí, gentes, acontecimientos de la vida cotidiana y todos los avatares del espíritu humano: soledad y compañía, pena y alegría, resentimiento y gratitud, guerra y paz, al lado de lo duradero más allá de lo pasajero, lo eterno por encima del tiempo o el consuelo frente a la desesperación humana.

La literatura abunda en el hijo menor, arrepentido e hincado de hinojos ante el padre, pese a que el sutil realismo del lienzo muestra a ambos hijos perdidos. No sólo el menor, que abandonó el hogar paterno en busca de mundanidad, también el hijo mayor –que permaneció en casa- se distanció interiormente del padre. Cumplidor de sus obligaciones, se perdió en la que tal vez sea la olla más podrida, el último rincón del infierno, esto es, en medio del resentimiento: “Hace muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me has ofrecido ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos”. Una queja en la que obediencia y deber quedan suspendidos como un lastre, y la actitud de entrega transformada en esclavitud. Un corazón que siente no haber recibido la dote merecida arrequinta la sombra del rencor y grita: ¡cumplo mis obligaciones y no recibo lo que otros consiguen sin esfuerzo! Esa queja interior contiene el veneno de la condena, del fariseísmo y de una seducción por la espiral del odio. Es imposible que el hijo mayor comparta la alegría del padre mientras está secuestrado en tal perspectiva. Rembrandt percibió este significado con toda su hondura pintando al hijo mayor al margen del área que refleja la figura del padre recibiendo a su hijo pródigo con mirada y manos compasivas. No representó la celebración con músicos y bailarines; la única señal de fiesta es el retrato de un flautista sentado, pintado en la pared al lado de una de las mujeres de la escena, tal vez la madre de la familia. Pero hace un retrato a base de luz y sombras: el abrazo del padre lleno de luz y el hijo mayor fuera del círculo luminoso del amor. ¿Qué le ocurriría después al hijo mayor?¿Se avino con su padre? Ni el cuadro ni la parábola aclaran la voluntad de este hijo, ni siquiera si hubo reconciliación entre hermanos. La única claridad es la del corazón del padre rebosando infinita clemencia.

A diferencia de los cuentos de hadas, las parábolas no tienen un final feliz, pero sostienen la mirada a cuestiones existenciales complejas, como ocurre aquí con el problema del rencor y la falta de confianza o de perdón. Un dilema cuya solución resulta más difícil en el hijo mayor que en el menor. El mayor se ha convertido en extraño en su propia casa. Su relación es oscura, queda fuera de lo luminoso, en un juego que fuerza a elegir el naufragio en la Scilla de la víctima o el Caribdis del verdugo, elegir el desdén o el miedo, la sumisión o el control. Una situación que todo lo convierte en sospecha, en cálculo de pérdidas y ganancias, de defensas y ataques, donde todo guarda segundas intenciones y la autenticidad no encuentra espacio.

Ante el cuadro clínico que representa este personaje, ¿qué tratamiento hay? ¿Puede uno perdonarse a sí mismo para reconstruir su libertad? Perdonarse uno solo, y a sí mismo, no lo sé. Delante de esta joya de la pintura universal, se experimenta la tensión evocada por Rembrandt entre la luz de la conciliación del hijo pródigo con su padre y la distancia y el resentimiento del hijo mayor, el contraste entre el arrepentimiento y la ira, entre la curación y el mirada hipercrítica. Cancelar deudas solicitando y recibiendo el perdón –que canaliza la reconciliación, la confianza y la gratitud- es verdaderamente curativo. Pero transitar por encima de la queja, y pensar y sentir con la convicción de que ya no se está al margen, requiere disciplina. Confianza y gratitud son, desde luego, actos conscientes de la voluntad, por los que se puede apostar aún impregnados los sentimientos de dolor.

Aunque Rembrandt no situó al padre en el mismo centro del cuadro, su figura representa el centro de la narración. La luz emana del padre, la atención se concentra en él. Fiel a la parábola, el genial artista consigue que la primera mirada se pose sobre esta inmensa figura. La delicadeza de sus manos extendidas sobre los hombros del desesperado son símbolo de la catarsis que opera desde el dolor, el perdón y la generosidad.

Con esta breve reflexión quiero cerrar un capítulo del blog iniciado hace dos años, con el nuevo propósito de explorar otros horizontes literarios, dentro y fuera de la blogosfera. En esta singladura hemos tratado de recuperar, con la mirada de hoy, aquella vieja medicina de los hombres libres que bucea cuidadosamente en los laberintos del fondo oceánico de la conciencia, que alumbra heridas universales y extrae, al mismo tiempo, la riqueza que ese fondo atesora. Amigo lector, agradezco de corazón tu compañía en el recorrido. Como se confiesa en otro texto, sentirte a ese lado del papel redime gran parte de la indigencia de este autor.

 

 

 

 

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