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6 mayo

Gramática de la vida

 

 

Eres mi maestro, mi autor reconocido;

Eres el único de quien he aprendido

El honor de poseer tan noble estilo

                                             Dante

 

Desde que Freud desmontara el escondrijo del estrato inconsciente del psiquismo humano, se le reconoce a este el sutil gobierno sobre nuestra existencia. Puede que en el acto de atender y vigilar los pensamientos y las palabras que arbitramos en la consciencia, radique una de las más fecundas tareas humanas. En su decantación inconsciente, el lenguaje empapa los hábitos de la mente y la trama de afectos que conforman la vida, la salud y los vínculos.

La psique inconsciente alberga el mundo caótico de los recuerdos olvidados, las emociones reprimidas y las primeras palabras aprendidas. El plano de la consciencia lo conforman las noticias que se descifran de esos significados ocultos. Vivimos un mundo rico en significados, un mundo semántico, sin el cual la vida humana carecería de sentido. Las cosas no sólo se entienden por su relación causa-efecto, también por su significado. La consciencia tiene que contar con la razón para ordenar lo irracional. Pero cuando la realidad se vuelve inhóspita, de nada sirve resistir con el báculo de la razón, que entonces muestra su radical fragilidad. Articular modos creativos de razonar con un lenguaje rico en significados, hará romo el filo de la navaja del hastío, la amargura y el escepticismo que arrastra el sinsentido, cuya impronta no dejará ya el rostro tan ajado.

Cuando interiorizamos palabras fecundas en la memoria del corazón, se desenmascaran compromisos ocultos con el mal y se reestructura gradualmente el psiquismo, reconduciendo la esperanza, el amor y el sentido de propósito de la existencia por el camino del vigor y la humanización.

Dicen que una verdad antropológica fundamental es que el ser humano vive las palabras que lo habitan. La memoria inconsciente es como el viejo desván del lenguaje que, de algún modo, induce la conducta y modela la identidad. Portamos en nuestro interior ese desván cargado del discurso que determina nuestros vínculos con el mundo, con quienes nos rodean y con nosotros mismos. Un discurso -depositado en la infancia, con nuestra educación, en nuestro ambiente, con fragmentos del raudal de frases que flotan en la vida social- que alojado en esa memoria opaca, adquiere forma de prejuicios que dañan el cuerpo, paralizan y, con el tiempo, cristalizan en convicciones mineralizadas. Frases que al falsear los vínculos, acaban desconectándonos de la realidad, de nosotros mismos y de los demás.

La lectura frecuente de la alta literatura, de los libros sagrados, de la poesía de todos los tiempos, tiene un efecto liberador y benéfico cuando logra poseernos. Meditada e interiorizada en el corazón, sus palabras  pueden desactivar fórmulas irracionales relevándolas por otras de ánimo y esperanza. Alguna vez he escuchado la lectura, ante un moribundo, del mágico Salmo 23:

 

 en prados de hierba fresca me hace reposar

 me conduce junto a fuentes tranquilas

 …

Evoca en cualquiera la misma experiencia de paz, alegría y confianza que debió de evocar en aquel solitario pastor de ovejas del árido y polvoriento camino del desierto… No se accede a la salud y a la libertad viviendo con el raudal de palabras hirientes que un día anidaron en nosotros, sino con el estímulo y la riqueza de las que forjamos en el fondo renovado del corazón.

Cuando a un niño de dos o tres años se le leen cuentos o fábulas literarias, comprende algo que no entendería en un registro común y variable. Del carácter reposado de sus fórmulas resulta el milagro que mágicamente le muestra el sentido. El adolescente que memoriza un soneto de Garcilaso, se transformará con él a lo largo de su vida. Lo que fija en la memoria, se hace parte natural de su identidad, de sus recuerdos y proyectos. Nadie será capaz de arrebatárselo porque le pertenecerá para siempre, lo que es una de las grandes posibilidades de libertad y resistencia. Queda blindado frente al vacío, enriquecido en su bagaje interior durante la singladura de la vida. Los grandes arquetipos encontrados en Homero, Dante o Cervantes representan imágenes seminales que todo joven porta en sus entrañas, pero no le pertenecen mientras no pueda re-conocerlas y expresarlas, lo que le impulsará entonces a hacerse cargo de sí mismo, único modo que conozco para crecer y desarrollarse.

Los mejores y más grandes pensamientos de la humanidad se han forjado con los moldes primigenios que dormitan en el alma profunda de los hombres. No hay una razón más bella y feraz para procurar que un joven ame el lenguaje. Reivindico, así mismo, la oportunidad de que aprenda diversas lenguas. Cada nuevo idioma permite vivir otra vida, asomarse por otras ventanas al mundo para descubrir las nuevas y escondidas posibilidades que este ofrece.

Todo cuanto la consciencia percibe desde los sentidos, es ordenado mediante el lenguaje. Cada vivencia, cada sentimiento, cada hábito que emerge de lo subconsciente puede representarse, de un modo visible, a través de la variedad de palabras que lo designan. Si sólo se accede a la realidad a través de ellas, se convendrá que es crítica la necesidad de educar y vigilar, con la mayor atención, un lenguaje que edifique cierto orden en el caos para convivir, aunque sea a ratos, con lo más seductor y elevado de este mundo.

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