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2 septiembre

Ciencia y meditación filosófica: un camino por andar

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Fernando Pessoa.

 

Un principio organizador de abismal inteligencia rige toda forma de vida y da cohesión temporal a su materia. Una inteligencia que convierte el oxígeno y la glucosa en la milagrosa energía que impulsa el latido del corazón, activa el sistema de defensa inmunoliógico o conduce las entradas sensoriales, en forma de impulso nervioso, hasta la corteza cerebral para recomponer el mundo en imágenes coherentes. Estas y millones de otras funciones son ordenadas por ese principio recóndito que también mueve a la bellota a transformarse en roble, encina, alcornoque o en pasto para las ardillas o, incluso, en delicioso jamón ibérico.

Y en los animales impulsa respuestas directas ante las demandas del entorno que ejecutan a través de los instintos. Diferentes de la emoción humana, pues esta sólo responde a los contenidos de la mente – a los pensamientos-. Y aunque sean desencadenadas por situaciones del mundo exterior, las emociones son siempre permeadas por interpretaciones mentales. A su paso por el cerebro límbico, cada flujo de pensamiento abre compuertas a las moléculas que encarnarán las emociones para hacer única la experiencia que cada ser humano percibe del mundo. En ocasiones, estas respuestas se desencadenan con tal espontaneidad, que antes de ser verbalizadas, logran encarnarse como reacciones corporales. Son los pensamientos preverbales, suposiciones sin formular que en su mayor parte arraigaron en la alucinada soledad de la niñez, y que ahora mueven los hilos de la memoria inconsciente.

He visto reflejado con inigualable belleza en las obras de Camus, Joyce, Eliot o Kafka este extrañamiento de los hombres con el universo mundo y con su propia esencia. Especie de humo amargo que emerge inexplicablemente de las entrañas del corazón y es evocado en la alta literatura como problema universal de la existencia humana.

En el ámbito de la medicina, lo interesante de estas voces de las insondables profundidades del yo, es la capacidad que poseen para golpear con el transcurrir del tiempo la frágil cohesión de la materia viva. Casi nadie escapa a los diversos estados de ansiedad, esa pesada carga que aprieta nuestros pechos, no tanto por amenazas reales como por los conflictos que la atribulada mente moderna va requintando. Miedo, ansiedad, ira, rencor, tristeza, odio, celos, envidia –y todo estado de infelicidad- perturban con felonía el flujo de aquella energía vital para acabar trabando la digestión, el ritmo cardiaco, el sistema inmunológico, el sistema endocrino productor de hormonas, y hasta el propio cerebro, donde esos estados subjetivos imprimen su huella como marcadores biológicos de toda aflicción. La ortodoxia médica occidental, de la que me siento hijo gozoso, empieza a reconocer tímidamente el vínculo sutil y estrecho entre los estados de consciencia y los de salud y enfermedad.

Al margen de optimistas narraciones que la mente forma con sus expectativas, qué decir de los estados elevados de consciencia condignos a los profundos estratos de nuestro ser. Me refiero a la aceptación, la gratitud, el entusiasmo, el gozo, la autoironía, el sentido del humor… Además de retroalimentar el pensamiento elevado, sublime e incluso épico, ejercen un efecto vigorizante y sanador sobre la dimensión corporal, al menos tan poderoso como el de otros elementos del estilo de vida. Pero se empeña el mundano filósofo en recordar que la película de la vida incluye todos los géneros, y no sólo el infantil o el thriller de acción, también el de terror. Y es que frente a la llegada inexorable de la vejez, la enfermedad o la muerte, casi todos los seres humanos respondemos con conmoción, desesperación, miedo o autocompasión. Durante la decadencia física, mujeres y hombres experimentamos el derrumbamiento de nuestras vidas y nuestro mundo y nos sentimos incapacitados para encontrar sentido ante la experiencia de un destino mortal al que no hay manera de tronchar el cuello. Cuando la tragedia personal asoma su cresta, todos los propósitos quedan cancelados en el horizonte y disueltas las expectativas de satisfacer sentidos y anhelos, de proteger o de acumular. Ninguna cultura ha conseguido encontrar una pomada metafísica que consuele esta herida de la dimensión física.

f2  En los años 90 del siglo XX el renombrado científico Francis Crick y su colaborador Christof Koch anunciaron algo que más tarde se convertiría en una aportación sin precedentes: la posibilidad de estudiar la consciencia bajo el paradigma del método científico. Hasta entonces la filosofía había ostentado el dominio en exclusividad de la relación mente-cerebro. La nueva perspectiva científica[1] somete a experimentación la respuesta neuronal de diversas experiencias conscientes. De esta guisa, las interminables discusiones académicas, que durante décadas tutelaron filósofos como Daniel Dennett o John Searle, dejaron de ejercer su hipnosis sobre aquella atónita comunidad científica. Lejos de comprender en su integridad los diversos aspectos de la mente, los planteamientos experimentales comienzan a dar respuesta sobre los llamados correlatos conscientes de las percepciones, una cuestión no menor entre aquellas que tratan de dilucidar nuestra naturaleza.

Las próximas generaciones de científicos y filósofos podrán contribuir a la indagación más importante y trascendente relativa a nuestra identidad, el reino de la consciencia, toda vez superen la confusa verbosidad de las diversas escolásticas y sus dislates conceptuales[2]. Un caballo de batalla, el del complejo fenómeno de la naturaleza de la consciencia, sobre el que ya cabalgan las actuales ciencias cognitivas, como hiciera con fruto la neurología en la década de 1990, que logró desbrozar la estela de trampas sembradas en su tiempo por  figuras como Descartes, Spinoza o Piaget.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Distingue entre percepción consciente, autoconsciencia y estados de consciencia durante el sueño, despierto o bajo anestesia.

[2] Pampsiquismo, epifenomenismo, determinismo, ocasionalismo, conexionismo o dualismo.

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